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Beneficios y caridad no son mutuamente exclusivos

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Tags Monopolio y CompetenciaTeoría PolíticaValor e Intercambio

¿Qué tiene Larry Fink en contra el beneficio? Fink es el CEO de la megaempresa de inversiones BlackRock y en una carta abierta a los CEO este mes de enero reclama aumentar la inversión social y la gestión social de la América corporativa.

No se dice que estas empresas puedan existir para obtener beneficios. Al mismo tiempo, quien lea a Fink puede concluir que BlackRock cree que los negocios existen para (a) luchar por el aumento de los salarios bajos, (b) facilitar las jubilaciones, (c) aumentar el ahorro de los trabajadores, (d) proporcionar seguridad laboral, (e) reducir la ansiedad y polarización social, (f) gastar en infraestructuras, (g) contrarrestar los efectos de la automatización y el cambio climático y (h) servir a un propósito social. Esos son los principios del “nuevo modelo de participación de los accionistas” de Fink.

La carta de Fink es solo la última refriega en una vieja pelea académica que ha estado produciéndose en Estados Unidos durante décadas sobre qué obligaciones tienen las empresas para con la sociedad. Pero es más que eso, dada la influencia de BlackRock sobre las empresas en las que invierte.

Lo que resulta nuevo en su argumentación es su llamada a un mayor activismo corporativo en respuesta a los fracasos del gobierno. Fink escribe:

Vemos a muchos gobiernos sin prepararse para el futuro. (…) Como consecuencia, la sociedad cada vez recurre más al sector privado y pide que las empresas respondan a desafíos sociales más amplios. De hecho, las expectativas públicas sobre las empresas nunca han sido tan grandes. La sociedad está reclamando que las empresas, tanto públicas como privadas, sirvan a un propósito social. Para prosperar en el tiempo, todas las empresas deben no solo generar rendimiento financiero, sino también mostrar cómo hacen una contribución positiva a la sociedad. Las empresas deben beneficiar a todos sus interesados, incluyendo accionistas, empleados, clientes y comunidades en las que operan.

Admitámoslo: Aquí hay algo que apela a los principios anarcocapitalistas, apuntando a un mundo en el que cosas como las infraestructuras o la jubilación son dominio único de los actores privados. Pero más allá de eso hay mucho a criticar en lo que piensa Fink.

Algunas ideas.

Primero, una omisión ominosa en la carta de Fink es un uso explícito de la palabra beneficio como algo que debería considerarse un objetivo legítimo de la empresa. Si los inversores tomaran en serio a Fink, rescatarían las acciones infladas de BlackRock, cuyo precio ha aumentado un 16% en las últimas tres semanas.

La razón es que por muy laudable que puedan ser la diversidad en el consejo o las emisiones de carbono o la jubilación, nada de esto importa si las empresas no se preocupan en primer lugar por maximizar los ingresos y minimizar los costes para otro día. De hecho, quienes olvidan la primacía del beneficio no duran mucho en este mundo.

¿No es esta la explicación de las dificultades que tienen hoy empresas como McDonald’s y Sears? ¿No son el enfoque en el consumidor y la voluntad de ajustarse a los cambios en gustos, preferencias y tecnología las razones por las que persisten empresas como Starbucks y Walmart? En el mercado, los beneficios indican quién sirve mejor al público. Las empresas que degradan su importancia es más probable que tengan dificultades y pierdan porciones de mercado ante su competencia. Algunas quebrarán.

No os equivoquéis: Los objetivos secundarios de “justicia social” que elogia Fink solo pueden tratarse a largo plazo por empresas que pongan por delante el beneficio. Solo en el País de las Maravillas los inversores aunarán recursos para crear una empresa para que sus trabajadores tengan seguro sanitario.

Segundo, Fink, un hombre apasionado e inteligente, sabe que los baby boomers controlan ahora mismo, en 2008, la mayoría de las riquezas y las instituciones en EEUU. En este sentido, su letra puede verse como un intento astuto de vender BlackRock a esta generación, un intento que habría fracasado hace 20 años, cuando una generación menos marxista culturalmente poseía la mayoría de la riqueza. Si es así, bienvenidos a un mundo en el que las empresas de inversión deben rebajar la importancia de los beneficios para tener en cuenta la ignorancia económica de la generación que domina la riqueza.

Tercero, no olvidemos que a las empresas grandes y compinches les gusta promover mitos con respecto al valor de la responsabilidad corporativa ampliada, porque (en la medida en que tengan éxito) imponen costes a competidores potenciales. Cualquier cos que les haga desviar recursos de la satisfacción al consumidor protege a las empresas existentes frente a las nuevas. ¿Si Tower Records, la en su momento icónica cadena de discos, pudiera haber obligado a sus competidores a centrarse menos en desarrollar sus plataformas de streaming y más en maximizar las nóminas, seguiría existiendo hoy?

Finalmente, lo más preocupante: la omisión explícita del beneficio por Fink en su carta implica que la América corporativa, tras nueve años de QE, rescates, proteccionismo y ZIRP, ahora cree que el beneficio es algo que viene dado y puede ignorarse tranquilamente. ¿Después de todo, no es por eso por lo que pagamos a los planificadores públicos para microgestionar la economía? Si esa creencia está afianzándose entre las empresas con buenas conexiones políticas, la próxima corrección no solo reajustará el capital mal invertido, sino también las malas ideas.

Christopher Westley a professor of economics in the Lutgert College Business at Florida Gulf Coast University and an associated scholar at the Mises Institute.

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